Casuarinas
Cuenta la leyenda, bah, mi hermano menor (que puede tener algunas historias, pero lejos está de ser leyenda), que el Tío Alberto plantó las Casuarinas para escuchar el viento.
El Tío Alberto es a la familia lo que Mac Gyver es a mi generación. El hermano de mi abuela se las sabía todas, pero todas. Sus años de mantenimiento en Brassovora lo habilitaban para reparar lo que fuera: desde el lavarropas con prensa incorporada –con el que estuve tentada de meter los dedos en más de una oportunidad-, pasando por cualquier asunto de plomería, hasta la instalación eléctrica de El Chocón-Cerro Colorado. El hombre arreglaba todo con un alambre y todo funcionaba, y si ya no funcionaba se reciclaba en otra cosa. Así es como aún hoy se puede encontrar algún extraño artefacto o mueble, y al preguntar de dónde salió resulta que tiene una historia centenaria y que ese banquito en otra época supo ser escalera, o viceversa. En mayor o menor medida, todos los Burnett llevamos en la sangre (junto con la sinceridad y el sex appeal) la tendencia inventora-reparadora de Tío Alberto.
En los cuarenta el Tío Alberto, mi abuela y otros dos hermanos decidieron comprar un terreno en la localidad de Moreno y construir una casa para pasar los fines de semana y los veraneos con sus familias. La inversión se llamó Vale Cuatro y Tío Alberto (que parece haber decidido muchas cosas) decidió plantar casuarinas en todo el perímetro de la orgullosa hectárea, con la idea de mínima de generar un cerco agradable a la vista y la de máxima de poder escuchar al viento, cuando agitase sus ramas.
La prolija hilera de árboles de hojas perennes creció durante décadas sin mayores sobresaltos, y desde que tengo uso de razón recuerdo el perímetro arbolado de la quinta. Las primeras protestas -como debe ser- provinieron de las nueras. Todas ellas se quejaron en algún momento de la temprana falta de sol causada por las gigantescas casuarinas. Después fueron las nietas las que acusaron recibo. Pero el bronceado perfecto no resultó suficiente motivo para podar 53 árboles.
Los reclamos más serios llegaron del lado de los vecinos. Es que en cincuenta años, los terrenos aledaños se poblaron de casas de mayor o menor tamaño, todas muy cercanas a las casuarinas de Tío Alberto. La idea de un rayo –o el mismo viento- tirando ramas sobre sus techos no les parecía demasiado poética.
El año 2000 había encontrado a las casuarinas unidas y gigantescas. El análisis familiar llegó a la conclusión de la necesidad de podadores profesionales, con sierras, grúas y aparejos. El presupuesto de la poda ascendía a la friolera de 1.800 pesos (como dice todo el mundo post devalución: ¡¡1800 dólares!!) . La idea fue descartada con rapidez.
El casero cortó algunas ramas, pero el sol siguió abandonando temprano nuestro terreno, hasta que dos años más tarde, entre las deudas con el fisco de la provincia, el impulso imperialista de los parientes de Estados Unidos, y la falta de dinero de los acá, se decidió la venta de Vale Cuatro.
Un miércoles de diciembre de 2002 pasé por última vez por la quinta a llevarme un juego de muebles que ahora habita orgulloso mi monoambiente. No eran ni las seis de la tarde, pero las casuarinas tapaban el sol.
Cuenta la historia (bah, mi prima Ana que también tiene bastantes historias y sí está cercana a ser leyenda, por lo menos en Caballito) que ahora, al pasar por Vale Cuatro, además del cartel de venta de los lotes por separado, se puede ver el sol pegando parejito en todo el terreno, las casuarinas fueron cortadas a la mitad.
Renata Burnett.
Buenos Aires, mayo de 2004.

1 Comments:
Sublime. Poesía pura.
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