La cabina será presurizada para su mayor comodidad

Es cierto, nunca estoy completamente relajada en un avión. Y hasta no ver los árboles tamaño natural me siento un poco encomendada a mi ángel de la guarda, dulce compañía. Es cierto que cuando subo a un avión me fijo si el salvavidas está debajo el asiento o si es el asiento mismo.
Pero no es el temor a volar el motivo por el cual sigo atentamente las indicaciones de las azafatas ante una eventual (Dios no lo permita) emergencia. El despliegue actoral en el momeento en que el avión comienza a carretear fue al principio la forma de evadir mi susto, luego una curiosidad, con el tiempo hobby casi obsesión y hoy es objeto de estudio de mis últimos trabajos de investigación.
Todo sacrificio, los check in, las colas, los detectores de metales, toda espera en una incómoda silla durante horas, todos los euros pagados por un aéreo tienen sentido en sí mismo cuando un integrante de la tripulación, con los brazos estirados y los dedos índice y mayor juntitos señalando las salidas de emergencia, en un exclusivo movimiento y gesto cuya propiedad intelectual debe estar registrada en los códigos aeronáuticos mundiales.
Les presto atención sólo por lo histriónico. No deben imaginarse que tienen una fanática de su arte entre las anónimas butaquitas. También es cierto: voy tan poco al teatro.
Pero lo importante es que me concentro en su actuación con admiración y respeto. Recuerdo performances fascinantes, como la de Penny Hoo, aquella azafata malaya de Malasian Airlines, que supo guiarme en el camino aéreo hacia Sudáfrica, o el caballero (¿azafato? ¿comisario de a bordo?) de Aerolíneas Argentinas que se esmeraba con el salvavidas amarillo -mostrando con la cabeza hacia un lado y otro- como inflarlo por la boquillita que le pendía del pecho. Una parte adolescente del pasaje se reía con sus gestos que se sumaban a su tono de voz muy poco masculino; pero él seguía firme. Show must go on!
En algunos casos una grabación en dos idiomas da las indicaciones, en otros (suele ser en aviones muy pequeños) puede verse a una de las azafatas dando las indicaciones por ese teléfono altoparlante mientras que las otras hacen la mímica. Aquí podemos hablar de confianza plena en la compañera, que no va a saltar con alguna jodita del tipo: “En caso de despresurización yo me pondré sobre ustedes a hacerles respiración boca a boca hasta que el peligro haya pasado”. ¿Cómo hacen para representar eso? ¿Vale pedir una improvisación al estilo Who’s line is this anyway? ¿Y en ese caso, las azafatas se deben al código aeronáutico o a las clases tomadas con Norman Briski?
Determinadas versiones me llevan a pensar que la tarea es encomendada a los más nuevitos, como una prueba de iniciación. Pero otros elementos hacen que me incline por la teoría de que es una prenda por haber perdido al chancho. Sí, creo que la tripulación juega al chancho antes de cada vuelo y los que pierden son los responsables de dar las indicaciones.
Todavía quedan muchos puntos oscuros que podremos ir iluminando con el correr de los viajes o con la colaboración de ciertas amigas azafatas que se han prestado a brindar -siempre off the record- algunos detalles sobre su apostolado.
Pese a todo, lo que yo sigo sin entender por qué gran parte del pasaje argentino (el griego también, ojo al piojo) aplaude al aterrizar y no aplaude después de tan magistral interpretación de los sobrecargo.

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